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30/04/2010 - Marina Osuna Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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El oasis de la Estación de Atocha acoge 7.200 plantas y árboles y 200 peces y tortugas.
La Estación de Atocha

¡Viajeros al tren! Corría el año 1851 cuando en pleno corazón de la capital se escuchaba por primera vez esta frase ya legendaria. El ferrocarril llegaba a Madrid, como reflejo de la modernidad de una ciudad que se acercaba a los pueblos vecinos. La Reina Isabel II no quiso perderse el primer viaje realizado sobre caminos de hierro que partía de la Estación de Atocha -bautizada entonces como Estación del Mediodía-, atravesaba los campos de la provincia y finalizaba, 75 minutos después, en Aranjuez. Este primer tren que recorría Madrid -el segundo de España- inauguraba también Atocha, uno de los rincones más castizos de la capital cuyo estilo decimonónico se ha ido completando con la modernidad impuesta por sus constantes ampliaciones. Y es que, el diseño original de la estación poco tiene que ver con el que conocemos en la actualidad, fruto de las obras acometidas en 1888. Un grave incendio producido meses antes destruía gran parte de la estructura de la estación y obligaba a reconstruir el famoso apeadero. Las obras, bajo la dirección de Alberto de Palacio (colaborador de Gustave Eiffel), se prolongaron durante 4 años y dieron origen a una nave de 152 metros de largo y 40 de luz, quedando la estructura cerrada por el extremo que da a la glorieta del Emperador Carlos V. Es precisamente en este punto donde se halla la característica fachada. Por todos estos elementos está considerada toda una obra de arte de la arquitectura ferroviaria decimonónica y escenario clave de algunos de los acontecimientos que marcaron nuestra historia: las multitudinarias despedidas a los soldados que partían a la Guerra de África, las múltiples escenas galdosianas que ha inspirado, el vivo homenaje a las víctimas del 11-M, etc. Transcurrido un siglo desde su inauguración, la antigua estación queda fuera de servicio y, por aquello de que había contribuido a convertir Madrid en puerto de mar, se transformó en un oasis de plantas tropicales, peces y tortugas, para refugio y alivio de los viajeros. En su lugar, Rafael Moneo crea anexo un gran intercambiador que acoge en la actualidad trenes de Cercanías y largo recorrido, metro y autobuses.
 

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