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30/06/2010 - Marina Osuna Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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El escaso caudal del río Manzanares ha sido objeto de sorna entre los habitantes de la Villa.
El río Manzanares

Arroyo, aprendiz de río, etc. Son algunas de las denominaciones burlescas que soporta, desde tiempos inmemoriales, el río Manzanares. Su escaso caudal siempre ha sido objeto de sorna (Tirso de Molina: “Como Alcalá y Salamanca tenéis, y no sois colegio, vacaciones en verano y curso sólo en invierno”) pero, críticas aparte, nadie duda que el Manzanares es el madrileño más antiguo, el primero en habitar las tierras sin nombre que posteriormente se denominarían Magerit y el que dio origen a la vida de la ciudad al borde de sus orillas. Inicialmente se le conocía como Guadarrama y sus aguas ricas en peces crearon todo un ecosistema que abastecía a la comunidad asentada en su ribera. Fue el Ducado del Infantado quien determinó cambiarle el nombre, allá por el siglo XVII. Precisamente de esta época data el primer proyecto de canalización para hacerlo navegable. Una idea que las dificultades técnicas obligaron a desechar y que sería retomada por Felipe II. El monarca pretendía unir por vía fluvial Madrid con Lisboa, pero finalmente el intento se demostró imposible, por lo que el castizo torrente y sus orillas quedaron relegadas a lavadero de la Villa. Se popularizaba así en Madrid la figura de las lavanderas que, entre chismorreos y discusiones, lavaban la ropa de los vecinos a cambio de unos reales. Entre los lavaderos más famosos destaca el de Policarpo Herrera, junto al Puente de Toledo, cuyos restos quedaron al descubierto tras las obras de soterramiento de la M-30. La actividad dejaba una imagen fantasmal de las orillas plagadas de sábanas, enaguas y otras prendas propias de la época. Estampa que completaban los primeros baños en forma de piscinas cubiertas que permitían el aseo integral de los madrileños. Uno de los tesoros más preciados de nuestro río chulapo son sus puentes: el de Segovia (el más antiguo), el del Rey, o el de San Fernando, tan sólidos como contundentes, perviven aún en contraste con el cauce seco de un río que volverá a pasearse por Madrid más caudaloso, navegable y en un entorno idílico de zonas verdes, kioscos y cafés, una vez concluido el proyecto Madrid Río. Quizás entonces calle las bocas de todos los que un día le criticaron.

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