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30/09/2010 - Marina Osuna Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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La obra de Ricardo Bellver representa a Lucifer arrastrado a los infiernos por una serpiente.
El Ángel Caído

Expulsado de los cielos por luchar contra Dios e intentar competir con él, el que fuera el ángel portador de la luz se instaló, antes de su descenso a los infiernos, en uno de los rincones privilegiados de El Retiro. Curiosamente en el punto ubicado a 666 metros por encima del nivel del mar. Desde este emplazamiento, el conocido como Ángel Caído, contempla desgarrado el siempre admirado cielo de Madrid, mientras una serpiente de siete cabezas le arrastra hacia el averno. No se asusten, se trata sólo de un monumento. Sin duda, uno de los más visitados del Parque de El Retiro y de los pocos que existen en todo el mundo dedicados a la figura de Lucifer, junto con el Monumento al Traforo del Frejus (Turín), la cara de Tandapi (Ecuador) o el Ángel Caído de Santa Cruz de Tenerife. La estatua es obra del escultor madrileño Ricardo Bellver, que la modeló mientras vivía en Roma. Por ella obtuvo la Medalla de Primera Clase en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1878. Tal fue la expectación levantada por la figura, que el Estado decidió comprarla, pagando por ella 4.500 pesetas, y la envió a la Exposición Universal de París (1878) despertando gran entusiasmo entre críticos y admiradores. Antes de viajar a la capital francesa, la imagen fue refundida en bronce, pues la original era de yeso. De vuelta a casa, el Ángel Caído se instaló en el Museo Nacional. Un espacio limitado en el que la obra no lucía en todo su esplendor. Por este motivo, el duque de Fernán Núñez, que había financiado el acondicionamiento de zonas destinadas al tráfico de coches de caballos, decidió adquirir la estatua y colocarla en un lugar de honor en una encrucijada que estaba construyendo en El Retiro. Justo en el espacio que en su día ocupó la antigua Fábrica de Porcelanas (entre el Paseo de Cuba y el que lleva su nombre). Una decisión controvertida, especialmente para la comunidad religiosa. Finalmente, la escultura quedó emplazada sobre un pedestal y rodeada de una fuente con ocho surtidores de agua con forma de diablos que, con sus manos, sujetan lagartos, serpientes y delfines. Se inauguró oficialmente en 1885 y durante meses fue el principal tema de conversación de la ciudad.









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