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08/08/2017 - Julio de la Fuente Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Diario de un zamorano de festivales. De flow, trenzas y arenal.
Irene tiene una casa a 25 minutos andando de la playa de Burriana, de arena finísima y apenas pendiente. A pesar de la extraordinaria calidad de sus playas, el turismo no les ha invadido, algo que sí se constata en la cercana Peñíscola, por ejemplo.

Quizá por eso hace ya varios años los organizadores del Arenal Sound pusieron sus ojos en este pueblo castellonense, que ahora ya vive su propia, pero corta, invasión de seis días gracias, o por culpa, del festival. Frente al aplauso de los responsables de restaurantes, escasos hoteles, supermercados y tiendas de todo tipo se contrapone la repulsa de unos pocos vecinos que ven alterada su plácido discurrir en su localidad. Vamos, la clásica y ahora de moda disyuntiva entre el turismo y la tranquilidad.

Irene vive con su hija en un chalecito de madera, a más de una decena de ‘sounders’ toda la semana. Allí, unos hemos dormido en camas y otros en tiendas de campaña en un jardín con piscina. Es una manera pija y hasta cómoda de pasar un festival, hippy según Ángel, uno de los ‘huéspedes’. La opción del hotel, que todavía es más confortable, no es factible porque apenas hay y sus precios están por las nubes. Luego está la opción mayoritaria de la acampada cerca del festival, o algo más lejuna (Malvarrosa), la alternativa más barata e incluso recomendable si tienes menos de 25 años. Se trata de una mili en pequeño. Decenas de tiendas de campaña se apostan a lo largo de dos recintos inmensos. Una auténtica legión se arrastra por decenas de calles de tiendas, sillas de playa, mesas para jugar a las cartas, duchas de agua fría, baños con el olor nauseabundo y decenas de enseres de lo más imaginable e inimaginable que puedas encontrar para hacer más llevadera la estancia. Un caos, pero con más calidad que en el primer Arenal en el que estuve.

Como en la mili, conocer a gente chula es lo que te llevas de verdad, aunque sea a través del Tinder, la app de ligoteo rápido a pleno gas durante el festival. En el Arenal Sound puedes ver cantidad de banderas de casi todas las regiones de España, incluso alguna La Rioja. Quizá porque he vivido con tres vascos no he parado de ver ikurriñas y banderas del Athletic. Hay gente que viene al Arenal por eso, por el ambiente, por la peña, por ligar, por los amigos. La música para algunos de ellos es lo de menos. Pero la música, amigos, es lo que nos ha unido

A diferencia de otros festivales, la cantidad (más de un centenar de grupos) y la heterogeneidad de estilos es el rasgo inconfundible del Arenal y de su público, su esencia más allá de ubicarse en la playa, el gancho. Por ejemplo, un acierto ha sido incluir este año a grupos de reggae como Morodo, de música balcánica como Dubioza Kolektiv –grupo revelación del Iboga-- o de rap hispano como Sharif, Lágrimas de Sangre, Rayden y Kase.O, que fue uno de los conciertos más vistos en todo el festival. Que se quite los prejuicios quien los denigra sin conocer, porque son los putos amos del paz y amor, de los sermones en los que conminan a los más jóvenes a que sean valientes con sus retos vitales, que emprendan y que cuando lo hagan sean los mejores en los suyo.

Proclamas con las que animan a ayudar a los refugiados, a los desterrados, a las mujeres víctimas de violencia sexista. Y mensajes en los que piden que no sólo sean buenos, sino que hagan el bien y que vayan a ver a sus abuelos a las residencias de vez en cuando. Literal.

 

NO ES FESTIVAL PARA INDIES

Al contrario que en otras citas festivaleras, el indie aquí no fue el gran protagonista, ni mucho menos. Pablo me decía que yo vine por el indie y he acabado bailando reggae, rap, dance y hasta reguetón. Viva Suecia, León Benavente, Amaral, Miss Caffeína, Lori Meyers, La Habitación Roja e Iván Ferreiro, por ejemplo, estuvieron allí pero nadie recordará sus actuaciones a última hora de la tarde o primera de la noche como las mejores del año. Los internacionales como Bastille, The Royal Concept o Nothing but Thieves siguieron el mismo camino. Cuando el ‘Mala mujer’ o ‘Antes de morirme’ del rap ligero de C.Tangana o el ‘Física o Química’ de Despitados rayan la apoteosis sabes que no estás en el FIB, que el Arenal es otra cosa. También entiendes por qué Martin Garrix es cabeza de cartel, los Space Elephants no son unos mataos aunque se lo digas a la cara y descubres que Dellafuente y Maka no son mis primos, sino unos tipos que mezclan hip hop y flamenco sin que suene a sacrilegio. O por qué la gente se enfada tanto cuando antes de lo planteado prohíben a los animosos The Zombie Kids seguir liándola parda.

El grito de “puto arenal, puto arenal”, que comenzó el miércoles con el cierre de los accesos por sobreaforo se prolongó al final de todos los días en el escenario de la playa. Los ‘sounders’, acostumbrados a ver el día bailando otros años, no entendían cómo la organización había adelantado el cierre a poco más de las 6 de la mañana. Problemas de seguridad apuntan, extraoficialmente. Los promotores del Arenal han prometido mejoras en cuanto el aforo el año que viene. También deberían plantearse cambiar concepto de ‘Inside Pool Stage”, una pequeña piscina convertida en charco de patos, atestada de gente sin crema solar chapoteando de sobremesa al ritmo de mediocres Dj, a excepción del jovencísimo Mitch Van Staveren.

Ya hay cifras oficiales: 300.000 asistentes en seis días de festivalos, los mismos que en 2016, el 90 por ciento españoles. Esos fueron los que entraron los seis días. Y como la mayoría repitieron, la cifra de ‘usuarios únicos’ habría que reducirla bastante. No obstante, el Arenal sigue siendo el festival más multitudinario de España gracias a la combinación de precios bajos, fiesta, música y playa, aunque muchos se acercaran a la arena sólo para el sexo

Miles de ‘sounders’, por tanto, diversos, únicos, divertidos, enérgicos. Miles de chicas con uñas de gema, purpurina a raudales, shorts y con las trenzas como peinado favorito de este año. Miles de chicos con camisetas de colores, pantalones muy cortos, cuerpos de más o menos gimnasio y con multitud de peinados estrella. Miles de jóvenes dentro y miles fuera, repartidos como un reguero en botellón en el paseo de la entrada, con carritos de supermercado llenos de botellas, buscando desesperando un hielo, un cigarro, o algo “para el subidón” como cristal (MDMA) o el speed (anfetamina), las drogas estrella del festival. 

En definitiva, conocer el Arenal Sound ha sido conocer lo que mueve en gustos musicales, y no sólo musicales, a los veinteañeros españoles; al igual que el Low fue adentrarse en la playlist de los treintañeros; o el Igoba Summer en los pogos de los jóvenes alternativos. El recorrido del diario de un zamorano de festivales acaba por este año. Gracias por seguirlo y hacerme compañía. Nos leemos pronto.
 

 









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